CUENTOS DE BARRO SALARRUE PDF

Its versatile artist status ended up giving a universal recognition that makes it one of the most outstanding figures of the Salvadoran literary and artistic panorama of the 20th century. Naturally, this constant presence at the apex of the American intelligentsia led him to be appointed to numerous cultural institutions, as well as to assume relevant public offices at the service of the Salvadoran administration. Thus, in was the subject of an emotional tribute paid by the Salvadoran Government, and three years later received a similar award promoted by the national library. State of California , and in it conquered back to New York, the public and the critics after a solo show of his oils, watercolors and drawings hung in The Barbizon Plaza Galleries. In his native country, in organized an extraordinary exhibition of pictorial and sculptural work at the Hotel El Salvador Sheraton, and decided to settle permanently among his countrymen, settled in the Planes de Renderos, where began to prepare other magna exhibition of his painting, this time consisting of sixty-two paintings that had composed during his stay in the United States of America. The sample was opened in April , in Gallery form.

Author:Balkis Shaktiktilar
Country:Australia
Language:English (Spanish)
Genre:Environment
Published (Last):14 December 2017
Pages:307
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ISBN:376-3-54433-340-3
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Poeta, pintor y escritor, ha sido considerado el mбximo exponente de la narrativa cuzcatleca.. Salarruй fue uno de los fundadores de la nueva corriente narrativa latinoamericana. Sus veinte aсos morados y murushos, reiban siempre con jacha fresca de jнcama pelada. Tenнa un no sй quй que agradaba, un don de dar lбstima; se sentнa uno como dueсo de йl. A ratos su piel tenнa tornasombras azules, de aun azulуn empavonado de revуlver.

Blanco y sorprendido el ojo; desteсidas las palmas de las manos; gachero el hombro izquierdo, en gesto bonachуn, el sombrero de palma dorada le servнa para humillarse en saludos, mбs que para el sol, que no le jincaba el diente. Se reiba cascabelero, echбndose la cabeza a la espalda, como alforja de regocijo, descupiendose toduel y con gбrgaras de oes enjotadas.

El negro Nayo era de porбi De indio tenнa el pie achatado, caitudo, raizoso y sin uсas -pie de jenjibre-; y un poco la color bronceada de la piel, que no alcanzaba a velar su estructura grosera, amasada con brea y no con barro. Le habнan tomado en la hacienda como tercer corralero. No podнa negбrsele trabajo a este muchacho, de voz enternecida por su propio destino. Nada podнa negбrsele al negro Nayo: asн pidiera un tuco e dulce, como un puro o un guacal de chicha.

Pero, al mismo tiempo era -pese a su negrura- blanco de todas las burlas y jugarretas del blanquнo; y mбs de alguna vez lo dejaron sollozante sobre las mangas, curtidas con el barro del cбntaro y la grasa de los baldes.

Su resentimiento era pasajero, porque la bondad le chorreaba del corazуn, como el suero que escurre la bolsa de la matequilla. Se enojaba con un "no miablйs" Chabelo "boteya", el primer corralero, era muy hбbil.

Tenнa partido entre las cipotas del caserнo, por arriscado y finito de cara; por miguelero y regalуn; pero, sobre todo, porque acompaсaba las guitarras con una su flauta de bambъ que se habнa hecho, y que sonaba dulce y tristosa, al gusto del sentir campesino. Nadie sabнa cuбl era el secreto de aquel carrizo llorуn. Bнa de tener una telita de araсa por dentro, o una rendija falsa, o un chflбn carculado La Fama del pitero Chabelo, se habнa cundido de jlores como un campaniyal.

Lo llamaban los domingos y ya cobraba la vesita, juera de juerga o de velorio, de bautizo o de simple pasar. Un dнa el negro Nayo se arrimу tantito a Chabelo "boteya", cuando йste ensayaba su flauta, sentado en el cerco de piedras del corral. Le sonriу amoroso y le estuvo escuchando, como perro que mueve el rabo. Por la cara pelotera del negrito, pasу un relбmpago de felicidad.

Despuйs de las primeras lecciones. Chabelo el pitero, le arquilу la flauta al negro para unos dнas. En poco tiempo, el negro Nayo sobrepasу la fama de Chabelo. Llegaban gente de lejos para oнrlo; y su sencillez y humildad de siempre se coloreaban de austeridad y poderнo, mientras su labio cбrdeno soplaba el agujero milagroso.

El propio Chabelo, que creyу, todos los secretos del carrizo, se quedaba pasmado, escuchando -con un sн es, no es, de despecho- el fluir maravilloso de un sentimiento espeso que se cogбi con las manos. Una tarde dioro en que el negro estaba curando una ternera trincada, con una pluma de pollo untada de creolina, Chabelo se decidiу por fin; y un tanto encogido, se acercу y le dijo: -Mirб, negro, te pago dos bambas si me decis el secreto de la flauta.

Vos le bнs hallado algo que le pone esa malicia El negro se enderezу, desgreсado, blanca la boca de dientes amigos y franca la mirada de niсo. Tenнa abiertos los brazos como alas rotas, sosteniendo en una mano la pluma y en la otra el bote Josй Pashaca pujaba, y a lo mucho encogнa la pata.

Algo se regenerу el holgazбn: de dormir pasу a estar triste, bostezando. Un dнa entrу Ulogio Isho con un cuenterete. Era un como sapo de piedra, que se habнa hallado arando.

Tenнa el sapo un collar de pelotitas y tres hoyos: uno en la boca y dos en los ojos. Se carcajeaba, meramente el tuerto Cande! Y lo dejу, para que jugaran los cipotes de la Marнa Elena.

Pero a los dos dнas llegу el anciano Bashuto, y en viendo el sapo dijo: -Estas cositas son obras donantes, de los agьelos de nosotros. En las aradas se encuentran catizumbadas. Tambiйn se hallan botijas llenas dioro Josй Pashacase dignу arrugar el pellejo que tenнa entre los ojos, allн donde los demбs llevan la frente. Bashuto se desprendiу del puro, y tirу por un lado una escupida grande como un caite, y asн sonora.

Bashuto se prendiу al puro con toda la fuerza de sus arrugas, y se fue en humo. Enseguiditas contу mil hallazgos de botijas, todos los cuales "el bнa prisenciado con estos ojos". Cuando se fue, se fue sin darse cuenta de que, de lo dicho, dejaba las cбscaras.

Como en esos dнas se muriу la Petrona Pulunto, Josй levantу la boca y la llevу caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comiу majonchos robados, y se decidiу a buscar botijas. Para ello, se puso a la cola de un arado y empujу.

Tras la reja iban arando sus ojos. Y asн fue como Josй Pashaca llegу a ser el indio mбs holgazбn y a la vez el mбs laborioso de todos los del lugar. Trabajaba sin trabajar -por lo menos sin darse cuenta- y trabajaba tanto, que a las horas coloradas le hallaban siempre sudoroso, con la mano en la mancera y los ojos en el surco.

Piojo de las lomas, caspeaba бvido la tierra negra, siempre mirando al suelo con tanta atenciуn, que parecнa como si entre los borbollos de tierra hubiera ido dejando sembrada el alma.

Pa que nacieran perezas; porque eso sн, Pashaca se sabнa el indio mбs sin oficio del valle. Йl no trabajaba. Tan grande como йl se hacнa, asн se hacнa de grande su obsesiуn. La ambiciуn mбs que el hambre, le habнa parado del cuerpo y lo habнa empujado a las laderas de los cerros; donde arу, arу, desde la griterнa de los gallos que se tragan las estrellas, hasta la hora en que el gьas ronco y lъgubre, parado en los ganchos de la ceiba, puya el silencio con sus gritos destemplados.

Pashaca se peleaba las lomas. El patrуn, que se asombraba del milagro que hiciera de Josй el mбs laborioso colono, dбbale con gusto y sin medida luengas tierras, que el indio soсador de tesoros rascaba con el ojo presto a dar aviso en el corazуn, para que este cayera sobre la botija como un trapo de amor y ocultamiento. Y Pashaca sembraba, por fuerza, porque el patrуn exigнa los censos. Por fuerza tambiйn tenнa Pashaca que cosechar, y por fuerza que cobrar el grano abundante de su cosecha, cuyo producto iba guardando despreocupadamente en un hoyo del rancho por siacaso.

Ninguno de los colonos se sentнa con hнgado suficiente para llevar a cabo una labor como la de Josй. Ya tendrб una buena huaca Lo que йl buscaba sin desmayo era una botija, y siendo como se decнa que las enterraban en las aradas, allн por fuerza la incontrarнa tarde o temprano. Se habнa hecho no sуlo trabajador, al ver de los vecinos, sino hasta generoso.

En cuanto tenнa un dнa de no poder arar, por no tener tierra cedida, les ayudaba a los otros, les mandaba descansar y se quedaba arando por ellos. Y lo hacнa bien: los surcos de su reja iban siempre pegaditos, chachadas y projundos, que daban gusto. Pensaba el indio sin darse por vencido. Y asн fue; no del encuentro, sino lo de la tronchada. Un dнa, a la hora en que se verdeya el cielo y en que los rнos se hacen rayas blancas en los llanos, Josй Pashaca se diу cuenta de que ya no habнa botijas.

Se lo avisу un desmayo con calenturas; se doblу en la mancera; los bueyes se fueron parando, como si la reja se hubiera enredado en el raizal de la sombra.

Los hallazgos negros, contra el cielo claro, voltiando a ver el indio embruecado y resollando el viento oscuro. Josй Pashaca se puso malo. No quiso que naide lo cuidara.

Una noche, haciendo juerzas de tripa, saliу sigiloso llevando, en un cбntaro viejo, su huaca. Se agachaba detrбs de los matochos cuando уiba ruidos, y asн se estuvo haciendo un hoyo con la cuma. LA PETACA Era pбlida como la hoja mariposa; bonita y triste como la virgen de palo que hace con las manos el bendito; sus ojos eran como dos grandes lбgrimas congeladas; su boca, cуmo no se habнa hecho para el beso, no tenнa labios, era una boca para llorar; sobre los hombros cargaba una joroba que terminaba en punta: La llamaban la peche Marнa.

En el rancho eran cuatro: Tules, el tata, La Chon su mamб, y el robusto hermano Lencho. Cuando todos estaban serios, estaba llorando; cuando todos sonreнan, ella estaba seria; cuando todos reнan, ella sonreнa; no riу nunca.

Servнa para buscar huevos, para lavar trastes, para hacer rir Tules decнa: - Esta indizuela no es feya; en veces mentran ganas de volarle la petaca, diъn corvazo! Ella lo miraba y pasaba de uno a otro rincуn, doblaba de lado la cabecita, meciendo su cuerpecito endeble, como si se arrastrara. Se arrimaba al baul, y con un dedito se estaba allн sobando manchitas, o sentada en la cuca, se estaba ispiando por un hoyo de la parй a los que pasaban por el camino.

Tenнan en el rancho un espejito сublado del tamaсo de un colуn y ella no se pudo ver nunca la joroba, pero sentнa que algo le pesaba en las espaldas, un cuenterete que le hacнa poner cabeza de tortuga y que le encaramaba los brazos: La Petaca. Tules la llevу un dнa onde el sobador. Tules le dijo que se quedara. Ella se jalу de las mangas del tata; no se querнa quedar en la casa del sobador y es que era la primera vez que salнa lejos, y que estaba con un extraсo.

El sobador la amarrу con sus manos huesudas. El tata se fue a la carrera. El sobador se estuvo acorralбndola por los rincones, para que no se saliera. Llegaba la noche y cantaban gallos desconocidos. Moqueу toda la noche. El sobador vido quera chula. Serнan las doce, cuando el sobador se le arrimу y le dijo que se desnudara, que le iba a dar la primera sobada.

Ella no quiso y llorу mбs duro. Entonces el indio la trinco a la juerza, tapбndole la boca con la mano y la doblу sobre la cama. Contestaban las ruedas de la carretera noctбmbulos, en los baches del lejano camino.

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